La trampa de crear sin fricción
Bernardo Torres - 2026-04-23
Esta semana comí con un amigo que es matemático y especialista en algoritmos, me soltó algo que llevaba semanas dándome vueltas en la cabeza sin saber cómo nombrarlo. Me dijo: “no puedo parar de codear.” Lo dijo como quien confiesa una adicción. Con un poco de culpa, un poco de orgullo.
A mí me está pasando exactamente lo mismo.

Mi amigo dedica su vida profesional a hacer que los modelos de inteligencia artificial sean más rápidos. Optimiza los algoritmos que reducen la latencia entre el prompt y la respuesta. Es decir, está trabajando con precisión matemática para acelerar exactamente el mecanismo que nos está volviendo compulsivos a los dos.
Llevo meses arrancando proyectos a un ritmo que antes hubiera sido imposible. Un MVP de una app para parejas. Una marca de suplementos con brandbook completo y modelo de go-to-market. Un SaaS para equipos remotos con módulos de perfilamiento cognitivo. Un sistema operativo conceptual para Uncommon. Una herramienta interna de briefing. Una narrativa completa para una plataforma de juego entre padres e hijos con marco pedagógico.
Cada uno fue, en su momento, una obsesión. Cada uno me tuvo horas frente a la pantalla en estado de flow. Cada uno me dejó, al terminar esa primera ola, una sensación extraña. Una mezcla de satisfacción y vacío. Como haber comido algo delicioso que no nutre.
Y luego cada uno lo abandoné para arrancar el siguiente.
El loop roto
Crear siempre produjo placer, pero ese placer tenía dos fuentes distintas. El primero venía de explorar cómo hacerlo. El segundo, de verlo funcionar. Eran dos hits de dopamina separados, y el primero era el más valioso porque exigía tiempo, esfuerzo e inteligencia.
La AI eliminó el primero.
Hoy el intervalo entre “tengo una idea” y “tengo un prototipo funcional” se redujo a minutos. El esfuerzo de descifrar se tercerizó. Lo que queda es solo el segundo hit, el de ver la cosa existir. Más rápido, más accesible, más frecuente. Pero también más superficial.
Y hay algo peor. Ese intervalo de espera mientras la AI genera, esos segundos de suspenso son el mecanismo que lo hace adictivo. En psicología conductual se llama reinforcement schedule, y es la estructura neuroquímica más adictiva que existe. La AI no la diseñó a propósito, pero la replica perfectamente. Y mi amigo, el matemático, está trabajando en hacer esos intervalos aún más rápidos.
Mark Craddock lo nombró en mayo de 2025: vibe code addiction. Desarrolladores que no pueden dejar de promptear, que sienten el impulso compulsivo de volver, que describen sesiones enteras donde la noción del tiempo se pierde y el resultado, aunque abundante, rara vez cruza la frontera hacia algo terminado.
No es solo con código, es con todo. Con estrategia, con branding, con escritura, con diseño de negocio. Cualquier actividad donde la AI colapse el tiempo entre idea y artefacto.
La fricción como filtro
Aquí está la parte que me costó aceptar. Durante años creí que la fricción en el proceso creativo era un costo a eliminar. Que mientras más rápido pudiera ir de la idea al prototipo, mejor. Que la eficiencia era virtud pero no lo es.
La fricción no es un bug del proceso creativo. Es el filtro natural que distingue las ideas que merecen existir de las que solo merecen pensarse. Cuando construir una marca toma semanas, solo construyes la que vale la pena. Cuando armar un deck de inversión toma días, solo lo haces para las ideas que vas a defender. Cuando desarrollar un MVP toma meses, solo lo hace por las hipótesis que ya has validado en conversaciones reales.
La fricción te obliga a elegir antes de construir. Te forza a tener criterio.
Sin fricción, construyes primero y eliges después. Pero elegir después es mucho más difícil, porque ya existe el apego al objeto creado. Ya hay orgullo de autor. Entonces no eliges, acumulas. Y cuando miras hacia atrás descubres que tienes diez proyectos vivos y ninguno terminado, y te dices que es porque eres muy creativo, cuando la verdad es que perdiste el filtro.
Lo que antes no podía
Antes no podía construir un MVP funcional de una app para parejas en una tarde. Ahora sí. Antes no podía desarrollar la identidad visual completa de una marca de suplementos antes del mediodía. Ahora sí. Antes no podía generar el sistema operativo conceptual de una consultora en un fin de semana. Ahora sí. Antes no podía escribir un artículo con marco teórico, referencias cruzadas y tesis articulada en dos horas. Ahora sí, de hecho lo estoy haciendo justo ahora.
Esta es la parte que no puedo ni quiero negar. La AI me amplificó. Me dio capacidades que hace dos años hubiera pagado por tener. Abrió espacios de creación que antes estaban sellados por el costo de producción.
Pero la ampliación de capacidades sin ampliación de criterio no es amplificación. Es dispersión acelerada.
Lo que cambió no es lo que puedo hacer, es lo que tengo que decidir no hacer. Y ese músculo (el de decidir qué no hacer cuando todo se puede) es exactamente el que la AI no amplifica. Ese músculo lo tengo que construir yo, con disciplina humana, antigua, aburrida.
Criterio, no control
No voy a cerrar este artículo con una lista de trucos de productividad. Eso sería traicionar el punto. El problema no es técnico, es estructural. Y la solución no está en imponerme un sistema ideal de pseudo-monje creativo (de libro de coach) que nunca voy a sostener. Está en algo más honesto y más difícil: conocerme.
Sé cuáles son mis virtudes, tengo una capacidad genuina para ver conexiones entre disciplinas, para traducir conceptos complejos en marcos utilizables, para generar narrativa alrededor de ideas. La AI amplifica esas virtudes de forma extraordinaria, y sería estúpido frenarlas por miedo a la compulsividad.
También sé cuáles son mis debilidades. Busco validación a través del output visible. Me cuesta más sostener que empezar. Me emociono con lo nuevo más de lo que me enamoro de lo existente. Y la AI, sin disciplina, es gasolina para todas esas debilidades.
Entonces el trabajo no es pelear contra lo que soy, sino diseñar mi relación con la herramienta sabiendo lo que soy.
No se trata de crear menos. Se trata de tener el criterio para saber, antes de empezar algo nuevo, si estoy eligiendo o huyendo. Si la próxima idea me emociona porque es genuinamente importante, o porque terminar lo anterior es menos atractivo que empezar lo siguiente.
Ese criterio no se automatiza. No hay prompt que lo resuelva. Es una conversación honesta conmigo mismo, que tengo que tener con más frecuencia de la que me gustaría.
El giro
La AI no me está sustituyendo, me está amplificando. Pero amplificar a un creador compulsivo sin criterio es amplificar la dispersión, no la contribución.
Llevo meses pensando qué quiero hacer profesionalmente en esta nueva etapa, y este artículo es parte de la respuesta. No quiero enseñar a usar AI, hay miles de personas haciendo eso, y mejor que yo. Lo que quiero hacer es ayudar a quienes ya están amplificados, quienes ya cruzaron la frontera de la herramienta, a no perderse en la amplificación.
Ayudar a sostener el criterio de qué merece ser construido cuando todo es construible. Ayudar a distinguir entre la sensación de productividad y la contribución real. Ayudar a elegir, no acumular.
La próxima ventaja competitiva, personal y profesional, no será quién use más AI. Será quién mantenga la fricción intencional necesaria para que la amplificación sea real, y no solo una ilusión productiva.
Mi amigo el matemático seguirá trabajando en hacer a las AIs más rápidas. Es su vocación, y es valiosa. Pero mientras él optimiza los algoritmos, alguien tiene que trabajar en el otro lado de la ecuación: la disciplina humana que convierte velocidad en criterio, y amplificación en contribución.
Eso es lo que me toca a mí.
Si este artículo te resuena, probablemente estás en la misma conversación que yo. Esta es la primera entrega de una serie de tres que acá iré linkeando. El segundo texto “El día que dejé de confiar en mi propio pensamiento”.