Me da miedo transformarme

Bernardo Torres - 2026-03-29

Estoy en uno de esos momentos en donde la vida me está poniendo frente a un espejo. Lázaro cumple 2 años y Uncommon cumple 12 años. Estoy parado en el medio de muchos cambios preguntándome si el tiempo me están llevando hacia algo o alejándome de algo. Todavía no lo sé. La incertidumbre, que antes me hubiera paralizado, hoy me parece la respuesta más honesta que tengo.

Durante 12 años aprendí a empujar, a construir desde la voluntad. A ser el punto de gravedad de todo lo que se movía alrededor de Uncommon. Aprendí que si yo no empujaba, nada avanzaba. En su momento, fue una virtud real. Hoy ese mismo músculo es mi principal obstáculo.

Durante los años me he ido contando la historía sobre quién debo ser para merecer un lugar. Alfred Adler tenía un nombre para esto: la ficción guía. La mía decía que mi valor dependía de que Uncommon funcionara perfectamente. Que ser fundador, proveedor, líder y padre eran sinónimos de no titubear nunca. Que la duda era un lujo que otros podían darse, no yo. Esa ficción me sirvió durante años y después me cobró intereses.

El mapa que te sacó del bosque no es necesariamente el mapa que te lleva a la montaña.

Lo que nadie me dijo sobre fundar una empresa es que el mayor riesgo no es el mercado ni la competencia ni el capital. El mayor riesgo es que te conviertas en el único punto de falla del sistema que construiste. Que construyas una organización a tu imagen y semejanza, y que esa imagen empiece a costarte más de lo que te da. Hoy cargo a mi equipo, o eso siento. La honestidad brutal que me debo a mí mismo es esta: parte de esa carga la construí yo. Con decisiones bien intencionadas que crearon dependencia. Con liderazgo generoso que a veces era control disfrazado de cuidado. No los culpo, los entiendo, y entenderlos sin resolver todo por ellos es el trabajo más difícil que tengo hoy.

Un equipo que no carga su propia responsabilidad no es un problema de recursos humanos. Es el espejo de cómo los lideras.

Hay algo más que me cuesta admitir en voz alta. Tengo miedo, miedo real, concreto, con nombre completo: miedo a no poder proveer a mi familia. A que la vida que construí y que genuinamente amo empiece a desmoronarse porque no supe hacer la transición a tiempo. Miedo a que Lázaro crezca viendo a un padre que no supo soltar lo que ya no funcionaba. Durante mucho tiempo traté ese miedo como un enemigo. Como algo que había que superar, silenciar, convertir en combustible para trabajar más. Hoy lo trato como información.

El budismo tiene una enseñanza que tardé demasiado en entender de verdad: el sufrimiento no viene del dolor, viene de la resistencia al dolor. De aferrarse a lo que fue, a lo que debería ser, a la imagen de lo que uno creyó que era. Soltar no es rendirse. Soltar es la condición necesaria para que algo nuevo pueda entrar.

El miedo que miras de frente siempre es más pequeño que el miedo que evitas.

En medio de todo esto, algo extraño está pasando. Estoy en el período más creativo de mi vida profesional. Leo, escribo, produzco, pienso. Cada mañana tengo ideas nuevas. No sé exactamente adónde va todo esto, pero sé que viene de un lugar real. De un lugar que no estaba disponible cuando estaba en modo control total. Csikszentmihalyi llamó a esto flow, el estado donde el reto y la capacidad se alinean y el ego se hace a un lado. El Zen lo llama mushin: mente sin mente: acción sin la interferencia del que actúa. Por mucho tiempo interpreté ese estado como una distracción de lo que “de verdad importaba”. Como si escribir y pensar fuera un lujo mientras la empresa necesitaba que yo vendiera, cerrara, ejecutara. Hoy entiendo que estaba invirtiendo la causalidad.

Tu estado creativo no es un lujo, es el recurso más escaso y más valioso que tienes. Sacrificarlo por atender la urgencia es el peor negocio que puedes hacer.

He estado dando muchas vueltas al mensaje que yo mismo le cuento a mis clientes de la diferencia entre la estrategia que planeamos y la estrategia que emerge. Los mejores momentos de Uncommon no fueron los más planeados, fueron los atendidos con presencia. Las conversaciones que llegaron sin agenda. Los proyectos que aparecieron cuando yo estaba siendo, no cuando estaba ejecutando un plan. Llevo doce años siendo experto en Uncommon. El universo me está invitando, con toda la incomodidad que eso implica, a volverme principiante de mí mismo. “En la mente del principiante hay muchas posibilidades. En la mente del experto, hay pocas.” No sé exactamente qué es Uncommon en su siguiente capítulo. Sé que tiene que ser algo que yo pueda construir sin destruirme en el proceso. Algo donde el equipo cargue su parte con genuino orgullo. Algo que pueda mirarle a los ojos a Lázaro dentro de diez años y decirle: así se hace una transición. No perfectamente. Honestamente.

No puedes construir el siguiente capítulo desde el miedo del anterior. Necesitas soltar la pluma antes de poder escribir con ella de nuevo.

Cuando eres padre piensas con frecuencia sobre el legado, esa palabra tan grande que a veces asusta más de lo que inspira. Antes pensaba que el legado era lo que uno construía. La empresa, el tamaño, los clientes, el nombre. Lo que queda cuando ya no estás. Hoy pienso que el legado más importante que le puedo dejar a Lázaro no es una empresa exitosa, es una relación honesta con el miedo. Una demostración viva de que los hombres también dudan, también se transforman, también piden ayuda y también sobreviven sus propias transiciones. Los hijos no heredan los activos de sus padres. Heredan su relación con la dificultad. Quiero que Lázaro aprenda, viéndome, que confiar no es lo opuesto de trabajar duro. Que fluir no es lo opuesto de tener dirección. Que transformarse no es fracasar en lo que uno era. Es tener el valor de convertirse en lo que uno está siendo llamado a ser.

El mejor legado no es lo que dejas construido. Es la forma en que tus hijos aprendieron a pararse frente a lo desconocido.

No tengo las respuestas completas hoy y ya no me avergüenza. Tengo doce años de aprendizaje acumulado, un hijo de dos años mirándome, un equipo que merece un mejor contrato conmigo, y una empresa que todavía tiene algo importante que decirle al mundo, aunque yo todavía no sepa exactamente cómo. Tengo miedo y tengo confianza al mismo tiempo. He dejado de tratar esa contradicción como un problema que resolver. Es simplemente lo que se siente estar vivo en un momento que importa.

El río no empuja el agua. El río es el agua moviéndose.

Estoy aprendiendo a ser el río.