Soy quien soy por robar música.
Bernardo Torres - 2026-04-17
El 16 de Abril participé en el FuckUp Nights del Congreso Internacional de Diseño Transforma, GDL 2026. El siguiente texto es la historia que compartí, mi historia personal en crudo, no como se ve en linkedin.

Todo lo que sé hacer, todo lo que me da de comer hoy, todo lo que me permitió construir una empresa, tener clientes y pararme frente a cientos de personas a contar mi historia, empezó porque soy amante de la música.
No porque fuera un visionario de la innovación o de digital. No porque tuviera un plan de vida con milestones y KPIs. Porque quería escuchar discos que no podía comprar.
Yo estudié Comunicación y Dirección Cinematográfica. Mi plan era hacer cine y radio, contar historias, dirigir. Lo digital no estaba en mi radar como carrera. Estaba en mi radar como necesidad, porque si querías escuchar música a finales de los 90, y no tenías dinero para el disco en Mixup, tenías que buscarla y robarla online.
En ese entonces éramos unos cuantos gatos en internet buscando música rara a las 2 de la mañana. Con un módem que tardaba 45 minutos en bajar una sola canción en MP3, rezando para que nadie en tu casa levantara el teléfono, porque si lo levantaban se cortaba la conexión y empezabas de cero.
Y yo ahí, todas las noches. No por nerd. Porque Portishead, Radiohead y Massive Attack me importaban más que dormir.
Lo que no sabía es que en esa obsesión estaba construyendo, sin querer, el skillset que iba a definir mi carrera. HTML para participar en foros de música. Photoshop para diseñar las carátulas de los discos que quemaba. Redes, servidores, infraestructura P2P. Todo aprendido solo en mi casa, sin maestro, sin tutorial de YouTube (porque YouTube no existía).
Habilidades digitales que en el año 2000 eran completamente inútiles. Nadie te pagaba por saber bajar música de internet. Diez años después, esas mismas habilidades valdrían oro.
Primera lección de este recorrido de 25 años: lo que más te va a servir en la vida seguramente lo estás aprendiendo a las 2 de la mañana. Sin que nadie te lo pida. Eso que haces en tu tiempo libre, eso que te apasiona y que no parece “productivo,” eso que te da pena confesar porque no se ve profesional, pónganle atención. Porque probablemente ahí está su verdadera ventaja competitiva.
Esa es la parte bonita. Ahora viene la parte donde la cago.
Fase 1: El empleado estrella
Salí de la universidad y en lugar de perseguir el cine, (intenté radio unas cuantas veces y me rechazaron sin cesar), en lugar de apostar por lo digital que claramente se me daba bien, me fui por lo seguro. Entré al mundo corporativo, por necesidad.
Me fue bien. Ese es el problema.
Agarré un puesto. Subí. Otro puesto. Subí otra vez. Cada año o dos un título nuevo en la tarjeta de presentación, un sueldo un poquito mejor. Y cada vez que sentía esa comezón, esa voz que te dice “esto no es lo tuyo, aquí no perteneces,” la callaba con el siguiente logro. “Espérate al ascenso.” “Espérate al bono.” “Espérate al siguiente proyecto.”
12 años así. Doce.
Y es que el sistema corporativo funciona de una manera muy simple. Te entrena como a un perro. Premio y castigo. Haces lo que te dicen, cumples las métricas, no cuestionas demasiado, y te premian: avanzas más rápido que los demás, título nuevo, ilusión de progreso. Cuestionas, propones algo diferente, dices que no estás de acuerdo, y te castigan: te quedas atrás, no creces, te vuelves invisible.
El premio siempre es el mismo: avanzar más que los demás. Al principio se siente increíble, se siente como que estás ganando, como que eres especial, como que el sistema te eligió a ti. Pero no te están premiando por ser bueno, te están premiando por ser obediente, y hay una diferencia enorme.
Lo más cabrón es que sin darte cuenta, copias al sistema. Empiezas a medir tu vida en ascensos, en bonos, en títulos. Empiezas a compararte con tus compañeros y te vuelves adicto a ganar una carrera que ni siquiera elegiste correr.
Y nadie a tu alrededor te dice nada, porque desde afuera te ves exitoso. Tu familia está orgullosa. Tu sueldo crece. Tienes seguro, aguinaldo, caja de ahorro. Estás “bien.”
Te ves exitoso.
Esa es la trampa más peligrosa que existe. Una vida cómoda que no es tuya.
No me fui del corporativo porque tuve una epifanía, no hubo un momento de iluminación. Me fui porque el cuerpo ya no aguantaba la mentira. Porque el siguiente ascenso ya no emocionaba, porque me vi al espejo y no reconocí al tipo que me miraba de regreso.
La comodidad es el disfraz favorito del miedo. Y yo lo usé 12 años.
Fase 2: El emprendedor “ahora sí”
Fundé Uncommon en 2014. Sin plan maestro. Con puro miedo y un hunch.
Aquí debería decirles que encontré mi propósito, que el dinero fluyó, que por fin estaba en el lugar correcto. Pero no. Lo que descubrí es que salir del corporativo no te cura, solo te quita el disfraz.
Porque afuera ya no hay jefe que te aplauda ni título que te valide. Eres tú solo, preguntándote si lo que haces vale algo. Y la necesidad de validación que tenía adentro no desapareció, solo cambió de forma.
En lugar de buscar ascensos, buscaba clientes grandes. En lugar de impresionar al jefe, quería impresionar al mercado. Cambié de escenario. Pero seguí actuando igual.
Eso es algo que no te dicen cuando emprendes. Todo mundo te habla de product-market fit, de levantamiento de capital, de unit economics. Nadie te habla de que el primer negocio que tienes que arreglar es el que tienes contigo mismo.
Puedes cambiar de trabajo, de ciudad, de industria. Pero si no te has visto al espejo de verdad, te llevas contigo a todos lados. A donde vayas, ahí vas a estar tú esperándote.
Fase 3: El inversionista impulsivo
Y luego vino la fase que más vergüenza me da. La fase de “ya la hice, ahora voy a multiplicar.”
Cuando el negocio empieza a funcionar, te entra una confianza que no te ganaste. Te sientes don chingón, y empiezas a tomar decisiones con la emoción en lugar del análisis.
Invertí en una marca de mezcal, porque me encanta el mezcal y sonaba bien decir “tengo una marca de mezcal.”
Invertí en restaurantes. Porque se sentía padrísimo ser “el dueño.”
Invertí en una cervecería. Esa va chido, a esa sí les hago comercial. Cervecería Nómada. Aún así invertí por decir para afuera, tengo una Cervecería.
Invertí en una EdTech. Porque quería ser el tipo que apuesta por educación y tecnología. Buenas intenciones sin modelo de negocio, muy noble, muy bonito, y muy caro.
Y una FoodTech. Alguien me vendió una historia bonita y yo compré sin hacer la tarea. Si no entiendes dónde te metes, alguien más entiende tu dinero mejor que tú.
¿Notan el patrón?
Cada inversión era una historia que me quería contar a mí mismo. Era un personaje que quería interpretar. El del mezcalero. El del restaurantero. El del inversionista visionario.
Era ego con chequera (que se agotó).
El mercado no perdona las decisiones que tomas con la panza en lugar de la cabeza. Ser impulsivo no es ser arriesgado, es ser flojo, porque hacer el análisis, hablar con la gente correcta, tomarte el tiempo de entender antes de meter el dinero, eso sí requiere disciplina. Lo otro solo requiere adrenalina.
Fase 4: El que por fin se está callando para escuchar
25 años después. Todavía aprendiendo.
El plot twist más cabrón de toda esta historia es que todo lo que acabo de contar, el corporativo, los negocios que tronaron, el dinero que perdí, las decisiones estúpidas, todo eso es lo que hace que hoy pueda sentarme frente a un CEO y decirle cosas que su equipo no se atreve a decirle. Porque yo ya me las dije a mí mismo. Tarde, pero me las dije.
Hoy me dedico a la estrategia, no al diseño. Al pensamiento, no a la ejecución bonita. Y las herramientas que uso las aprendí pirateando música, estudiando cine, sobreviviendo una corporación, y perdiendo dinero en negocios que no entendía.
No es que la hice, es que ya no me da tanto miedo decir que no la tengo clara. Y sobre todo mi identidad ya depende de validaciones externas.
No se trata de dejar de cagarla, todos la vamos a seguir cagando. Se trata de dejar de mentirte sobre por qué la cagaste.
Las máximas que resumen mi aprendizaje
Después de 25 años tropezando, me quedan tres cosas que ojalá alguien me hubiera dicho cuando empezaba.
El camino desordenado es superpoder. El mercado premia la especialización con dinero. Pero las carreras más interesantes las construyen los que conectan puntos que nadie más ve. Música pirata me dio lo digital. Cine me dio narrativa. El corporativo me enseñó cómo funciona el poder. Las inversiones perdidas me enseñaron humildad. Nada de eso estaba en el plan. Todo eso es lo que me hace diferente. Lo que hoy parece un desvío, mañana va a ser ventaja.
El éxito exterior es una droga, y la tolerancia sube rápido. El primer logro se siente increíble. El segundo un poco menos. El quinto ya ni se siente. Si estás construyendo tu carrera para impresionar a alguien, a tus papás, a tu ex, a LinkedIn, vas a llegar a donde quieres llegar, y no va a ser suficiente. El juego cambia cuando dejas de preguntar “¿cómo me ven?” y empiezas a preguntar “¿esto me importa?”
No romantizar la disciplina profesional. El diseño es una herramienta, tu empresa es un vehículo, no es tu identidad. El día que me dejé de decir “soy diseñador”, “soy consultor”, “soy founder”, “soy don chingón”, me empecé a decir “resuelvo problemas, muevo conversaciones, sacudo el avispero, inspiro”, allí me cambió todo.
No necesito el título correcto, ni la maestría correcta, ni la certificación de moda, ni el plan perfecto. Yo llegué aquí desde la comunicación, el cine, el Napster y una colección de fracasos que no caben en un slide.
Si algo me incomoda hoy, si hay una voz que me dice que esto no es mio, que deberían estar haciendo otra cosa, que algo no me late, ya no me callo. Es la señal más honesta de mi identidad buscando otro camino.
La carrera profesional no es una línea recta. Es un playlist desordenado, y las mejores canciones son las que se descubren por accidente a las 2 de la mañana.