El día que dejé de confiar en mi propio pensamiento

Bernardo Torres - 2026-04-30

Hace unas semanas tuve un conflicto puntual con mi mujer. No importan los detalles (no quiero tener otro conflicto 🙃), lo que importa es cómo lo atendí.

Esa noche, cuando ella ya se había dormido, desde mi cel le pedí a la AI que me ayudara a preparar la conversación que tendríamos al día siguiente, le di contexto, le expliqué el conflicto desde mi punto de vista, le pedí que me ayudara a pensar cómo abordarla sin escalarlo, sin defenderme de más, sin ponerla a la defensiva.

La AI hizo lo que hace bien, primero fue condescendiente y me dijo que yo tenía razón. después, me devolvió cinco enfoques distintos. Cada uno articulado con claridad, con su lógica interna, con sus pros y contras. Uno más directo, otro más empático, otro que partía de reconocer mi parte primero, otro que ponía sobre la mesa una pregunta abierta y otro que sugería esperar 48 horas antes de hablar.

Las cinco eran buenas, cualquiera de las cinco las habría intentado, después cerré el app y me di cuenta de algo: no sabía cuál era la mía.

No sabía cuál de esas cinco voces se parecía a mi voz. No sabía cuál de esos cinco caminos lo hubiera elegido yo si nunca hubiera abierto la conversación con la AI (tal vez ninguna). No sabía si la incomodidad que sentía con la opción 2 era porque genuinamente no me convencía, o porque mi instinto inicial, el que ni siquiera había logrado articular antes de promptear, mi criterio individual se había difuminado entre las cinco alternativas.

La investigación que no quería leer

Unos días después me topé con un estudio publicado en abril de 2026 en Technology, Mind and Behavior. Sarah Baldeo, candidata a doctora en AI y neurociencia en Middlesex University, encuestó a 1,923 trabajadores en Estados Unidos y Canadá. Les pidió completar diez tareas simuladas usando ChatGPT, Claude y Gemini. Tareas tipo: redactar un plan de negociación salarial, interpretar datos ambiguos, planear secuencias complejas.

El hallazgo más potente: el 58% de los participantes admitió que “la AI hizo la mayor parte del pensamiento.”, y los que aceptaban respuestas sin modificarlas reportaban menor confianza en su propio razonamiento. Los que editaban, cuestionaban o rechazaban las respuestas reportaban lo opuesto: mayor confianza y mayor sentido de autoría sobre lo producido.

La frase de Baldeo que se me quedó grabada: “La AI generativa puede llevar al declive cognitivo o a la evolución cognitiva. Depende de tu estilo de interacción.”

Y luego, otro estudio. Mina Lee, de la Universidad de Chicago, presentó en abril de 2026, en la conferencia CHI de Barcelona, un experimento con 393 participantes. Les dio problemas de pensamiento crítico. La conclusión: quienes consultaban la AI después de haber pensado parcialmente el problema rendían mejor que quienes la consultaban desde el inicio. La diferencia no era marginal.

Ethan Mollick, profesor de Wharton, lo formuló aún más fuerte: “Si la AI te resuelve un problema, no piensas y no aprendes.” Y agregó algo triste pero cierto: “Los humanos estamos diseñados naturalmente para ser perezosos y hacer las cosas con el menor esfuerzo posible.” El uso de la AI es el camino de menor resistencia. La gravedad invisible que nos jala a delegar más de lo que deberíamos.

El problema no es que me haga tonto

Lo que me pasó con las cinco opciones de cómo hablar con mi mujer no es que la AI me hubiera vuelto más tonto. Mi capacidad cognitiva sigue intacta. Sigo pudiendo pensar, articular, decidir. Lo que la AI hizo es algo más sutil y más peligroso: introdujo una duda silenciosa sobre si vale la pena pensar.

Si hay cinco opciones bien articuladas frente a mí, ¿para qué generar la sexta desde mi intuición? Si la AI ya pensó cinco caminos en treinta segundos, ¿qué resultado tendría al yo pensar en mi camino, el que tardaría dos horas en formular, sería mejor? Si las cinco opciones ya cubren el espacio razonable de respuestas, ¿no es mi intuición simplemente una versión menos articulada de alguna de ellas?

Esa es la duda. Y esa duda, repetida cien veces al día en cien decisiones pequeñas, va erosionando algo que no se ve hasta que ya no está: la confianza en que tu propio pensamiento, con su lentitud y su falta de estructura, vale la pena.

Baldeo lo dice así en su estudio: “Las personas con un sentido de identidad inestable son las que peor responden al uso intensivo de AI. Si ya sientes incertidumbre sobre tus propias capacidades, usar AI no es recomendable para ti.” Es la frase más dura del paper, y posiblemente la más honesta. La AI no crea la inseguridad. La amplifica.

El puente con la compulsión

Aquí es donde este artículo se conecta con el anterior, porque la compulsión de crear y la pérdida de confianza en uno mismo son la misma enfermedad vista desde dos ángulos.

Cuando creas compulsivamente, no tienes tiempo de procesar lo que estás creando. Cuando no procesas lo que creas, dejas de saber por qué lo estás creando. Cuando dejas de saber por qué, necesitas que algo externo te valide la decisión. Y la AI siempre está disponible para validar, más rápido, más articulada, más infinitamente paciente que cualquier interlocutor humano.

El problema es que la validación que recibes de la AI no es la misma que la que recibes de un humano que te conoce. La AI te valida basándose en lo que tú le contaste. Un humano te valida (o te confronta) basándose en lo que sabe de ti, incluido lo que tú no le quieres mostrar.

La AI es un espejo que solo refleja lo que pones frente a ella. Y si lo que pones frente a ella es una versión editada de ti mismo, lo que recibes de vuelta es esa misma versión editada con mejor sintaxis.

Lo que antes no podía

Antes no podía consultar 47 perspectivas antes de tomar una decisión estratégica en menos de una hora. Ahora sí. Antes no podía pedir feedback cualitativo sobre un texto a las 3 de la mañana. Ahora sí. Antes no podía explorar 12 caminos posibles para un cliente antes de la junta del lunes. Ahora sí. Antes no podía preparar una conversación difícil con mi mujer con cinco enfoques articulados a las 11 de la noche. Ahora sí.

Esta es, otra vez, la parte que no puedo negar. La AI me dio acceso a una velocidad de exploración que antes era impensable. Me permite considerar más ángulos en menos tiempo. Me amplifica.

Lo que cambió no es mi acceso a perspectivas. Es mi tolerancia a no tenerlas todas. Y esa tolerancia, la capacidad de sostenerse en la incertidumbre el tiempo suficiente para que emerja una intuición propia, era exactamente lo que distinguía a un buen estratega de uno mediocre. A un buen líder de un líder reactivo. A una persona con criterio de una persona con opciones.

La tolerancia a no saber, a no tener todas las opciones sobre la mesa, a sostener una pregunta sin respuesta inmediata, es un músculo. Y como cualquier músculo, se atrofia si no se usa. La AI hace muy fácil no usarlo.

La interacción como diseño personal

No voy a cerrar este artículo proponiendo abandonar la AI para conversaciones difíciles, ni para nada (yo la uso todo el tiempo).

Pero sí voy a decir lo que cambié, y por qué, porque vuelve al núcleo del artículo anterior: criterio, no control. Conocerme, no idealizarme.

Conozco mis virtudes en este terreno. Tengo capacidad genuina para articular pensamiento, para hilar conceptos, para encontrar la palabra precisa cuando me doy el tiempo. La AI puede amplificar esas virtudes si la uso después, no antes. Si pienso primero, mal, lento, dubitativamente, y luego le pido que me ayude a refinar lo que ya nació mío.

También conozco mis debilidades. La impaciencia. La tentación de saltar al output antes de habitar la pregunta. La trampa de buscar la respuesta más eficiente cuando lo que necesito es la respuesta más mía. La AI sin disciplina amplifica todas esas tendencias.

Entonces el cambio es simple, aunque no fácil. Para decisiones donde la voz tiene que ser mía (las personales, las íntimas, las estratégicas profundas), la AI entra después. Primero pienso yo, escribo yo, dudo yo. Luego, si quiero, le pido que me confronte, que me señale puntos ciegos, que me proponga ángulos que no consideré. Pero la materia prima es mía.

Para tareas donde la voz no tiene que ser mía (síntesis, investigación, primeros borradores de cosas operativas), la AI puede entrar primero. Ahí su velocidad es virtud pura.

La distinción no es entre usar o no usar AI. Es entre saber cuándo mi pensamiento debe ser el cimiento, y cuándo puede ser el remate.

La AI no me está sustituyendo, me está amplificando. Pero amplificar a alguien que ha dejado de confiar en su propio criterio no es amplificar capacidad, es amplificar el ruido.

Hay una versión de este problema que es trágica. La persona que usa AI para todo y un día descubre que ya no puede pensar sin ella. Que ya no sabe distinguir su voz de la voz que la AI le devolvió. Que llega a las decisiones más importantes de su vida con la sensación de estar leyendo un guión que no escribió.

Pero hay otra versión, la que me interesa: la persona que usa AI con disciplina y descubre que su criterio se volvió más afilado, no más flojo. Que aprendió a usar la herramienta como pesa de gimnasio, no como muleta. Que entendió que vale la pena ser menos eficiente para mantener el músculo del pensamiento propio.

“Hay maneras más fáciles de mover peso que con tus propias manos. Pero lo hacemos para mantener el músculo.”

Eso es lo segundo que estoy haciendo profesionalmente ahora. Ayudar a líderes a diseñar su relación con AI de modo que les afile el criterio en lugar de adormecerlo. Que la herramienta los amplifique sin que paguen el precio de dejar de confiar en su propio pensamiento.

Porque la amplificación real no es que la AI piense por ti. Es que pensar contigo te haga pensar mejor.

Y eso, paradójicamente, requiere que de vez en cuando, en las decisiones que más importan, cierres la laptop, te quedes con tu propia voz a las 11 de la noche, y tengas la conversación al día siguiente como puedas. Balbuceando si hace falta.


Esta es la segunda entrega de una serie de tres. La primera se llama “La trampa de crear sin fricción” y está disponible en mi Substack. La tercera y última, “Tu AI te está mintiendo (y te encanta)”, sale la próxima semana.